antoniorodRecientemente he tenido la oportunidad de leer unas reflexiones de Manuel Lagares, catedrático de Hacienda Pública sobre la economía española, basándose en datos procedentes del Instituto nacional de estadísticas, de Eurostat o de la EPA reconocidos internacionalmente.

Me permitirán reproducir parte del interesantísimo artículo que repasa la evolución de la deuda, del paro y de otros indicadores importante de nuestra economía, que darán respuesta además a las cuestiones planteadas por otros dos catedráticos de derecho constitucional, como son el Sr. Bastida, y el Sr. López Aguilar.

Respecto al primero, cuando se planteaba que argumentos llevarían a ocho millones de españoles a votar a Rajoy, y el segundo, cuando planteaba a quien habría que exigirle reparar los daños causados a la sociedad española.

Comenzaba el artículo el Sr. Lagares de la siguiente manera: «En estos días de debates electorales se han escuchado opiniones sorprendentes sobre la situación de la economía española e incluso acerca de cómo el Gobierno actual la recibió a finales de 2011. Los partidarios de este Gobierno mantienen que la situación económica de hoy es muy positiva, tanto en términos absolutos como comparándola con la herencia recibida. Los que se sitúan en la oposición lo niegan y proclaman que España se encuentra en uno de los peores momentos de su historia más reciente. Por eso resulta necesario fundamentar las cifras de la economía española y la trayectoria que ha seguido desde los últimos días de 2011, cuando el Gobierno actual tomó las riendas de nuestra política económica. Utilizaremos en este análisis datos a precios constantes de 2010 procedentes del Instituto Nacional de Estadística revisados por Eurostat, es decir, validados internacionalmente.

Para comenzar, presentaremos un panorama de lo ocurrido en nuestra economía durante ese periodo. El PIB de España en 2011, cuando termina su mandato el Gobierno anterior, fue de 1.070.103 millones de euros. En 2015 de 1.072.779 millones. Un crecimiento corto que encubre una realidad bien distinta pues, también a precios constantes, el PIB por habitante, magnitud que refleja el bienestar de los ciudadanos mejor que el PIB total, venía reduciéndose en nuestro país desde 2008 a tasas del -0,5% en ese año; del -4,5% en 2009; del -0,5 en 2010; del -1,4% en 2011; del -2,9% en 2012 y del -0,4% en 2013. Pero en 2014 cambia de signo esa trayectoria, creciendo el PIB por habitante a tasas del 1,8% en ese año y del 3,4% en 2015, esta última la mayor de las alcanzadas en los países avanzados de Europa. El bache de crecimiento entre 2012 y 2013, ya en el periodo de mandato del actual Gobierno, no fue más que la consecuencia de los esfuerzos y restricciones que necesariamente tuvieron que aplicarse para corregir un déficit público del 9,2% del PIB, ocultado por el Gobierno anterior en casi su mitad, y del esfuerzo adicional de un 4,2% del PIB que hubo de acometerse para afrontar una crisis financiera que tampoco se había reconocido hasta entonces y que las autoridades internacionales -y, sobre todo, los mercados- se encargaron crudamente de poner de manifiesto y de exigir su solución perentoria. Pese a tan extraordinarias y difíciles circunstancias, que ahora sus responsables tratan de ocultar cuidadosamente, la economía española que año tras año venía hundiéndose en sus cifras de producción, ha cambiado ra dicalmente y en los dos últimos años está recuperándose con fuerza bien visible. Cierto es que el PIB por habitante que, a precios de 2010, alcanzó en 2007 el valor máximo del periodo, con 24.560 euros, aún no había superado esa cota en 2015, con 23.338 euros de producción por habitante. Pero podría hacerlo en 2017 si se alcanzasen las previsiones de crecimiento que nos asignan los organismos internacionales. Nuestra crisis ha sido extraordinariamente profunda pero su superación completa puede encontrarse bastante próxima.

Algunos aspectos de esa recuperación son especialmente reseñables. En primer término, las inversiones -es decir, la formación bruta de capital- han disminuido en 2015 respecto a 2011 en 1.912 millones de euros a precios de 2010, pero esa disminución se ha debido exclusivamente a la caída de la inversión en viviendas y otras construcciones en más de 14.000 millones de euros en ese periodo. Por el contrario, las inversiones en bienes de equipo, en cultivos y en activos fijos inmateriales han aumentado sensiblemente desde 2011 a precios también de 2010, lo que seguramente propiciará mayores crecimientos del PIB en años sucesivos. En segundo lugar, las exportaciones de bienes y servicios han aumentado en casi un 17% desde 2011 mientras que las importaciones sólo lo han hecho en un 6,9%, también a precios de 2010. Hay que destacar que las exportaciones que han crecido con mayor fuerza han sido las de bienes y no tanto las de servicios, lo que indica que los productos españoles se están colocando muy bien en los mercados internacionales y que no solo exportamos servicios turísticos, como venía siendo nuestra tradición hasta ahora.

En cuanto al desempleo, sin duda el aspecto más doloroso de esta crisis, creció entre 2011 y 2015 en unas 138.000 personas pero entre 2007 y 2013, el primer año de la crisis y el año de su mayor intensidad respectivamente, lo había hecho en nada menos que 4,3 millones de personas. Entre 2013 y 2015, periodo en el que se reinicia el crecimiento de la producción, el desempleo disminuyó en casi un millón de personas según los cálculos de la Contabilidad Nacional. Hay que subrayar bien ese cambio porque supone un éxito importante de la política económica actual respecto a la del Gobierno anterior, aunque parte de esa disminución -unas 369 mil personas- se haya debido a una reducción de la población activa derivada, parcialmente al menos, de la experimentada por la población total. Merece destacarse a la vista de esos datos que no resultaría difícil que se creasen algo más de dos millones de empleos en los próximos cuatro años de mantenerse un ritmo de crecimiento del PIB en el entorno del 3%. Si se alcanzase ese crecimiento del PIB podría, incluso, haberse solucionado el problema del paro a principios de la década de los veinte, quedando reducido el desempleo a niveles puramente estructurales próximos al 5 o 6% de la población activa».

Hace un tiempo, el que fuera ministro de economía, Pedro Solbes afirmaba «Zapatero y yo teníamos una percepción distinta de la crisis».

Según Solbes, la crisis llega a España a finales de 2007, sin embargo, en diciembre de ese mismo año, su presidente, el Sr. Zapatero celebraba en voz alta, que el PIB de España ha superado a Italia y que el próximo objetivo es superar a Francia. Solo unos días más tarde se anuncia que el paro ha subido un 5%, el peor dato en cinco años.

Es a finales del 2008, cuando por la caída de Lehman Brothers, la crisis se agrava a unos límites sin precedentes.

Solbes, con su equipo elaboran con urgencia, unas medidas que Zapatero consideró inaceptables, ya que ese plan le costaría dos huelgas generales y, ese precio político no estaba dispuesto a asumirlo, descartando la puesta en marcha de las mismas.

Este mirar para otro lado, adoptando las decisiones por razones de conveniencia política, pensando en los votos y no, en la conveniencia económica y social, recuerda a otro decisión histórica referente a la conveniencia política o clientelar, como cuando el Sr. Barea, recomienda a Aznar, recortar las estructuras, que ese era el problema de España y el Sr. Rato le dice, si llevas a cabo lo que te recomienda Barea, no ganaremos las elecciones.

Por tanto, las razones que llevan a adoptar las decisiones políticas basadas en el carácter clientelar o popular, no es nueva en España, se han esgrimido en diferentes etapas de la historia de España.

Quiero recordar que en la Primera República, que fue ciertamente breve, el primer presidente, el Sr. Figueras Moragas (catalán), se encontraba ante una gran crisis económica, con intrigas políticas tanto dentro como fuera de su partido político, con problemas territoriales, en medio de una fiebre de federalismo frente al mantenimiento de la unidad del España, con una Cataluña separatista, adoptó una decisión inédita en nuestra historia. Agotada su paciencia, en medio de una sesión del Consejo de Ministros toma la palabra y exclama: «Sres. voy a serles franco, estoy hasta los cojones de todos nosotros», a continuación abandonó el plenario.

Al día siguiente los ministros Castelar y Pi y Margall, ordenaron que fueran a buscarle a su casa, las personas de servicio en la casa informan a los enviados, que el Presidente, la noche anterior había hecho las maletas y se había ido a Francia.

Siempre se ha dicho que España es diferente, demostremos de una vez, que somos unos demócratas maduros, y responsables y que respetamos como en cualquier otro País las reglas de Juego de la Democracia.

No sigamos confundiendo a esta sociedad, enmarañando y haciendo juicios paralelos, entorpeciendo, porque no hay que olvidar que quienes están pagando las consecuencias, es la ya de por sí sufrida sociedad española. Porque como dijo Figueras y Moragas: nosotros no vamos a hacer las maletas, lo que haremos es echarles. Pues efectivamente, de no entrar en la coherencia y en el respecto a la democracia, lo que habría que hacer es echarles, pero no a Francia, no, el destino sería al país de nunca jamás.

Antonio Rodríguez Suárez, español nacido en Canarias