antoniorodNo somos conscientes de la importancia que tiene en cualquier Estado, organización gubernamental nacional, supranacional o internacional, el desarrollo y el ejercicio de una oposición seria, razonada y positiva, con el inherente control o fiscalización del gobierno.

En los últimos años, en España, hemos visto que el ejercicio de la oposición gubernamental parece limitarse a votar no a las propuestas presentadas por el que ostentaba la mayoría parlamentaria, fuese bueno o necesario para el interés general o no.

Esto ni siempre fue así, ni debe seguir siendo así, ni ocurre en las democracias consolidadas y avanzadas. No debe valer todo por tocar poder, y eso es precisamente lo que los españoles han expresado el pasado 20-D, lo que se ha expresado en las urnas es que hay que anteponer el interés general de nuestro país, el diálogo, el respeto a la sociedad, a los intereses de partidos por asumir el control y el poder.

En el Reino Unido (Gran Bretaña) la oposición funciona a imagen y semejanza del propio gobierno. El jefe de la oposición forma su propio gobierno, diríamos como en la sombra, con sus propios ministros, al menos en la época que yo viví allí, eso era así.

La oposición trabajaba en las mismas áreas y con la misma organización del que gobernaba, y eso era muy enriquecedor para la sociedad. No es una oposición del no, no se limitaban a criticar y a anunciar con derogar las leyes cuando volvieran al Gobierno. Se ejerce la oposición de una manera activa, positiva y con un auténtico rigor fiscalizador de las decisiones del Gobierno, demostrando a los que le votaron que su voto había sido útil y correcto.

Es decir, en el Parlamento, derivado del francés parlement, se ejerce la acción de “parler”, de hablar, se reúnen los representantes del pueblo, elegidos por éste, para discutir y resolver los asuntos públicos.

Pasada la campaña electoral, los debates a cuatro, a cinco, a dos (este último fue para mi, el más triste que he presenciado, pues si uno de ellos perdió las formas, el otro no reaccionó con la contundencia que a mi juicio hubiese merecido) debemos apelar a la conciencia social y ética de todos los que tienen la responsabilidad y posibilidad de formar gobierno.

Los resultados a mi entender, esta pluralidad, que muchos dicen que es buena, puede ser nefasta para España, si no anteponen todos y cada uno de los diez partidos políticos en el Parlamento el interés general de España.

En nuestro Parlamento, en nuestro Congreso de los Diputados, se tratan no sólo temas de nuestra sociedad, que son de vital importancia, sino que también se abordan asuntos relacionados con nuestros socios europeos, y asuntos de trascendencia internacional que no debemos esperar a atender, o demorar, a resolver las luchas cainitas de las matemáticas electorales.

Estoy por asegurar que nuestros parlamentarios no saben que nuestra nación llamada España, cuando llegó la Transición, era la nación más antigua de Europa, con más de 500 años de historia.

Fue la primera también en Europa que logró su unificación. Que la ejemplaridad demostrada durante la Transición, fue gracias a la generosidad y capacidad de diálogo de todos los partidos políticos y de los agentes sociales, incluidas las organizaciones empresariales y sindicales. Un país, una nación, que superó fuertes niveles de inflación, de conflictividades sociales, que creció y supo colocarse en el mundo, no sólo en Europa sino en las más influyentes organizaciones internacionales, además del destacadísimo papel que ha tenido en el desarrollo de los países iberoamericamos, que sin ninguna duda tiene un papel protagonista.

Me pregunto, ¿qué es hoy la oposición en España, que oímos a la oposición en España? Unos Bárcenas, otros los ERE de Andalucía, unos que quitaré la asignatura de religión (como si este fuera el problema de la educación en España), que si voy a pagar la deuda o que no, otros que subirán o bajarán los sueldos a los diputados…

Aún cuando estamos mejor que hace cuatro años, este país no se merece estar paralizado. No señores, esta no es la oposición que se merece un Estado como España, un país que aun debe abordar una solución para cuatro millones de parados, que debe seguir generando riqueza para prestar servicios públicos y cumplir nuestros aun serios compromisos de pagos.

Tenemos además otro reto casi más importante que el de la Transición, que es la reforma de las estructuras administrativas en España, como advertía el catedrático Tomás Ramón Fernández, este aparatoso tinglado de diecisiete estaditos yuxtapuestos, y esta tarea tan decisiva para nuestro futuro debe abordarse desde la pluralidad de todos los partidos presentes en el Congreso, pues son los representantes elegidos por el pueblo, y que parlamenten y lo resuelvan.

En definitiva, anhelo, deseo para mi país una oposición a la altura de las necesidades de España, recuperar el ejercicio riguroso, ético e intelectualmente solvente de la política, extendiendo este mismo deseo a los que finalmente les toque ejercer las tareas de gobierno.

El valor de la oposición se ha devaluado en nuestro país, al igual que se ha devaluado la política, porque una buena oposición prestigia y ayuda a crecer un país de la misma manera y con la misma intensidad, que lo hace un buen gobierno, y así lo vemos y vivimos en los estados democráticos más importantes del mundo. Esa no querencia que hay en España, a asumir que se es oposición será debida a que sólo se está en política si se logra el poder de gobierno, no a una vocación unívoca de servir al pueblo?, me pregunto.

¿No han dicho durante toda la campaña que quienes obtuviesen mayoría deberían gobernar, o eso sólo valía en campaña? Sea como fuere, no nos podemos permitir el lujo de paralizar nuestro país, habrá que volver a la España del año 1978, al espíritu de la Unidad, la nación más antigua de Europa. Decisión fácil si de verdad nos sentimos y amamos a España.

In the meantime, seamos responsables y no quebremos nuestra credibilidad.

Antonio Rodríguez Suárez.